Fue coherente con la sencillez que predicaba, renunciando al sueldo y al patrimonio presidenciales, al tiempo que introducía políticas para cumplir su promesa de beneficiar a los ciudadanos.
Este martes, el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, confirmó a través de redes sociales la muerte de José Alberto Mujica Cordano, conocido mundialmente como Pepe Mujica. Tenía 89 años. “Hasta acá llegué”, había dicho a principios de este año, enfrentando con lucidez su despedida final. Esta vez, no hubo retorno.
Referente mundial de la austeridad, la lucha por la justicia social y la resistencia ante la adversidad, Mujica deja un legado irrepetible. A lo largo de su vida recibió seis balazos, fue prisionero de una dictadura durante más de una década, vivió siete años en condiciones infrahumanas y, sin embargo, nunca renunció a sus ideales. “Moriré feliz. Gasté soñando, peleando, luchando. Me cagaron a palos y todo lo demás. No importa, no tengo cuentas para cobrar”, declaró en una de sus últimas entrevistas.
Mujica perdió la batalla contra un cáncer que comenzó en el esófago y se expandió al hígado. A pesar de un arduo tratamiento de radioterapia, su salud se debilitó rápidamente. En sus últimas apariciones públicas, como en el cierre de campaña de Orsi en noviembre pasado, se mostró exultante, entregando su legado a las nuevas generaciones.
Nacido en 1935 en Paso de la Arena, Montevideo, Mujica se involucró en la política desde joven. Fue guerrillero del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, y protagonista de uno de los escapes carcelarios más recordados de la historia uruguaya. Durante la dictadura militar fue tomado como rehén y aislado en condiciones extremas. Sin libros, sin luz, sin compañía, domesticó ranas, alimentó ratones y conversó consigo mismo para no perder la razón.
Su resiliencia no fue en vano. En democracia, fue electo diputado (1994), senador (1999) y finalmente presidente de la República (2010-2015) con casi el 55% de los votos. Desde ese rol, cautivó al mundo con su honestidad, renunciando a lujos, conduciendo un viejo Volkswagen y predicando la sobriedad como forma de vida: “Cuanto más tenés, menos feliz sos”, repetía.
Su figura inspiró películas, libros y generaciones enteras. En La noche de 12 años (2018), su encierro fue llevado al cine como símbolo de resistencia mental y moral. Sin embargo, Mujica evitó siempre la autocompasión: “No soy afecto a hablar de la tortura… en la vida hay heridas que no tienen cura y hay que aprender a seguir viviendo”.
Pepe Mujica muere como vivió: fiel a sí mismo. Consciente de sus límites, generoso con sus enemigos, y profundamente humano. Con él se va un pedazo de la historia del Uruguay y de América Latina. Un hombre que, con sencillez de campo y visión universal, logró transformar el dolor en sabiduría y la política en servicio.